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En año de elecciones es común escuchar hablar a agentes externos a la Iglesia del llamado “voto evangélico”, y desde sus propias filas, de la necesidad de la participación de los cristianos en la política nacional. Esto último, porque se asume la necesidad o mandato de influenciar la vida republicana con los principios del Reino de Dios emanados de las Sagradas Escrituras. La acción requerida necesariamente implica una contrastación de principios o visiones del mundo, partiendo de la base escritural de que “el mundo entero está bajo el maligno”, cuya influencia de maldad se deja ver en todas las esferas de la sociedad. Luego, la Iglesia como “luz del mundo” y “columna y baluarte de la verdad” debe influenciar en aquella realidad permeada por tinieblas y pecado, transformando sus principios. Según Weber una acción política es toda aquella que “…depende directamente de los intereses en torno a la distribución, la conservación o la transferencia del poder”. Por lo tanto, la acción política evangélica sería aquella que tiende al poder, ya sea influenciando a quienes lo detentan, en los principios que lo regulan o aspirando a la consecución directa de este.

A la luz de nuestra democracia actual, enferma y herida por serias irregularidades (por no decir corrupta y en una crisis profunda y extensiva) se hace patente la necesidad de alguna fuerza que tenga la capacidad, por el bien de la nación, de renovar y oxigenar el panorama. Luego, si hacemos un análisis de los principales problemas que enfrenta nuestro sistema político, cabe preguntarnos si, fuera de un optimismo místico y formal, es capaz la Iglesia chilena, en su estado, de influenciar nuestra democracia para mejorarla. Tratemos de responder a tal interrogante a la luz de la contingencia.

Por una parte, vemos como desfilan hacia tribunales actores políticos involucrados en graves casos de corrupción, solo para terminar realizando lo que se conoce como un “saludo a la bandera”, y luego volver a sus funciones habituales, ya sea en el senado o en labores administrativas. Existe poca o nula voluntad de hacer justicia por los delitos cometidos. En virtud de ello, si la Iglesia debiese influenciar en tal situación, bien se puede limitar a alzar una especie de voz profética denunciando con trompeta en boca la impunidad tales injusticias. Pero debiésemos preguntarnos primero ¿Qué ocurre en las iglesias cuando alguien peca deliberadamente, ante los ojos de la congregación, y persiste en ello? ¿Aplicamos la disciplina eclesiástica en los términos en que nos instruye la Palabra de Dios? Cuántos casos hemos visto en el universo evangélico de pastores y líderes que han sufrido escandalosas caídas en el pecado, revelándose dobles vidas inconsistentes con el ministerio, y no han pasado un solo día separados de sus cargos para restauración. Incluso es posible seguir sus programas a través de los medios cristianos y culturales de radio y televisión. ¿Cómo puede esta realidad plantear soluciones para la impunidad de los políticos corruptos?

Por otro lado, criticamos el nepotismo o favorecer a familiares en cargos políticos. Conocido es el caso del hijo de nuestra actual mandataria, quien llegó al cargo de director del área sociocultural de la presidencia durante el gobierno de su madre, y que el tiempo demostró que no contaba con la probidad para ejercer un puesto público. Naturalmente, su designación respondió a criterios de mera consanguinidad. Sin embargo ¿Podemos nosotros denunciar ante el cielo y la tierra tal situación? Solo basta con elaborar un pequeño mapa de los cargos y liderazgos de las principales denominaciones y grupos evangélicos de nuestro país, y constataremos rápidamente la existencia de estrechos lazos de parentesco entre quienes ocupan cargos preeminentes dentro de cada organización. ¿Llegó cada uno ahí por el consenso eclesiástico de su idoneidad? Al menos se debe otorgar el beneficio de la duda.

Una fuerte crítica que se le hace a nuestra organización política nacional es su exiguo carácter democrático, y que se define como una especie de “democracia representativa”. Mirando un poco hacia la historia, cuando Estados Unidos se independizó de la monarquía inglesa, en la segunda mitad del siglo XVIII, adoptó de inmediato una estructura política democrática. Entre otras razones, esto fue posible porque la mayoría de las iglesias de Nueva Inglaterra eran presbiterianas, bautistas y congregacionalistas, las que siempre tuvieron una estructura inspirada en la democracia en la toma de decisiones. Por consiguiente, los ciudadanos estaban acostumbrados a debatir y dialogar en torno a cómo construir la realidad colectivamente. Llevando esto al plano chileno, en donde la democracia se agota en el acto del sufragio, deviniendo en un mero abuso de la estadística, bien cabe preguntarnos ¿Qué puede aportar el mundo evangélico al perfeccionamiento de tal realidad? Lo que vemos en sus liderazgos es que priman modelos autoritarios, verticales, al más puro estilo de la monarquía absoluta basada en la teoría descendente del poder, en donde el monarca era investido directamente por Dios, por lo que el pueblo se le debía someter de manera irrestricta. Esto, tal y como ocurre en la relación de muchos pastores con sus congregaciones. Hablando en términos más familiares para Latinoamérica, en tales liderazgos podemos ver mejor los rasgos de una dictadura que los de una democracia. Y una dictadura, siendo una realidad aborrecible tanto moral como espiritualmente, tiene a su favor que descansa sobre la base inmoral de un poder real, a saber, las fuerzas armadas de una nación corrompidas en su vocación, mientras que el liderazgo autoritario se basa en el engaño de un poder inexistente, jamás delegado de lo alto, que brota de la perversión de las verdades de la Biblia. Este sistema no busca formar ciudadanos libres de un reino celestial, sino súbditos del gobierno terrenal de hombres y mujeres corrompidos ¿Puede tal realidad servir como modelo o luz del mundo político?

En otra esfera, la república supone que el pueblo delega responsabilidad y soberanía en sus autoridades, a las cuales elige de manera democrática para que, entre otras cosas, administren los recursos del Estado para el bien común. Luego, tal administración sería completamente irregular si la ciudadanía no ejerciera su rol fiscalizador sobre los que administran. Esto, para evitar usos indebidos de los recursos. Solo en el caso hipotético de que no existiera esta transparencia ¿Qué puede aportar el mundo evangélico para subsanar tal situación? ¿Existen mecanismos regulares y transparentes de rendición de cuentas en las diferentes organizaciones evangélicas? Estos, en términos prácticos puede significar dos cosas: una rendición administrativa periódica ante la comunidad en general, o permitir que cualquier miembro pueda revisar la contabilidad. Ante la falta de transparencia es muy difícil saber si existe probidad o no, pero como reza la sabiduría popular, para ser honesto no basta con serlo, también hay que parecerlo.

En otra área del quehacer republicano, una crítica constante a nuestros políticos es la falta de racionalidad o la abierta inoperancia que se expresa en muchas de las decisiones y obras que llevan a cabo. Estas pueden tener múltiples razones. Falta de experiencia o estudios, testarudez, superposición de intereses, entre otros. ¿Qué elementos puede aportar la comunidad evangélica nacional desde su propia realidad interna? Vemos como en el grueso de las organizaciones cristianas se desecha el estudiar tildándolo como de innecesario, e incluso perjudicial para la vida de fe.  En muchos casos se desaconseja el estudio constante de la Biblia como medio para conocer a Dios y su voluntad, reemplazando esto por criterios emocionales o subjetivos para aprehender tal conocimiento. Es dentro de estos mismos conglomerados que persiste aquella idea romántica de que si un presidente evangélico llegase a la moneda comenzaría una especie de primavera chilena. Florecería el desierto, subiría el precio del cobre, las calles se limpiarían de delincuencia, nuestras universidades se llenarían de premios Nobel y, sin exagerar, ganaríamos el Mundial de Fútbol. Bien cabe reflexionar sobre qué elementos de racionalidad directiva podemos rescatar de todo esto para aportar a la realidad nacional. Por otro lado, un principio básico de la dirección es que nadie es un iluminado del cual puedan dimanar directrices que nos guíen por un camino de progreso infinito. De hecho, pensar de esa manera es una de las bases para el establecimiento del populismo y del fascismo. Contrario a esto, la escritura enseña que “donde no hay dirección sabia, caerá el pueblo; Mas en la multitud de consejeros hay seguridad”. Por consiguiente, un liderazgo debe rodearse de personas que desafíen su forma de pensar, que le muestren otras perspectivas del problema, nuevos planes de acción y consideraciones a las cuales, quien dirige en soledad, de manera alguna llegaría por si mismo. Pero vemos como en muchos casos prima la amistad en la conformación de grupos directivos, y se desvincula con facilidad a aquellos que sostienen opiniones refractarias. El producto de tal proceso selectivo termina siendo un conglomerado de sujetos afines, pero sobrantes, ya que, en toda asociación humana que aspira a la gestión, si tan solo dos están de acuerdo en todo, probablemente uno de ellos está de más.

Para concluir sería bueno aclarar que, como muchos ya habrán inferido, el presente escrito no aspira a trazar un plan detallado de acción o mejora. Más bien, es un llamado a la reflexión, a replantearnos los supuestos o principios sobre los cuales organizamos la vida eclesiástica. En otras palabras, a llevar a cabo, en libertad y sin miedo, una revisión profunda de nuestra eclesiología o ideas sobre la Iglesia a la luz de la Biblia.  Cuando nos centremos en equiparar nuestras iglesias a la luz de las directrices de la Palabra de Dios, entonces, y como consecuencia de, podremos ser una comunidad que empiece a influenciar de manera positiva en la vida política chilena.

Manuel Quintana Riquelme
Viña del Mar, miércoles 25 de mayo de 2016

 

 

 

 

 

El Dios del Aconcagua

 

Aconcagua

Jesús nació en un humilde pueblo llamado Belén. Aquel día de hace dos mil días, no encontrando alojamiento en la posada, vino a ser su cuna aquel pesebre en donde le servían la comida al ganado. Allí, entre olores de animales y la curiosidad de algunos, entró al mundo el salvador del mundo. El mismo creador de aquel universo en el cual sería crucificado vivió sus primeras horas a unas seis millas al sur de Jerusalén. Pero en cierto sentido, no solo nació en la Palestina de hace unos veinte siglos, sino también el día de ayer en Quillón, en la pesebrera de algún alegre huaso, de esos que aman, viven y celebran la vida a su particular manera campesina.

Como niño fue creciendo en galilea sano y fuerte, mientras se llenaba de la sabiduría y de la gracia de su Padre Celestial. Ya en el ocaso de su infancia, mientras visitaba Jerusalén, estableció un nutrido diálogo, no solo con los maestros de la ley en el templo de Herodes, sino que de igual manera con el alto clero de la Iglesia Católica en las vetustas bancas de la fastuosa catedral de Santiago. Años más tarde fue bautizado por Juan el Bautista en el Jordán y también en algún remanso del Choapa. Fue tentado por el maligno tanto en el desierto de Judea como en el marciano paisaje del Valle de la Luna en Atacama. Llamó a cuatro pescadores al discipulado, no solo en las orillas del mar de Galilea, sino también en la Caleta el Membrillo, a los pies del cerro Playa Ancha en Valparaíso.

Caminó sobre el Mar de Galilea, y sus pies sintieron el frio y la humedad del Lago Caburga, o quien sabe sino también las salinas aguas del Budi al sur de Puerto Saavedra. Reprendió la gran tempestad de aquel mar galileo, y además disipó las oscuras nubes y aplacó el viento sur de alguno de los tantos sistemas frontales que nos asaltan cada invierno. Visitó la casa de un hombre pecador llamado Zaqueo en Jericó, o tal vez el abigarrado departamento de algún narcotraficante en Reñaca para llamarlo a enmendar su camino. Evangelizó a aquella mujer de mala reputación junto al pozo de Jacob en Sicar de Samaria, y además, predicó a quien sabe cuántas de las prostitutas que trabajan en las calles de la Población Vergara en Viña del Mar.

Subió junto a Pedro, Juan y Jacobo a un innominado monte alto, en donde su rostro resplandeció como el Sol, y sus ropas se hicieron tan blancas como la luz. De manera similar, estuvo en la rocosa cima del cerro La Campana, pudiendo contemplar el fructífero paisaje del último de los valles transversales, y al sublime monte más alto de occidente saludándolos desde Argentina (y el mismo Dios que es soberano en el Horeb, es también soberano en la cima del Aconcagua). Allí aparecieron Moisés y Elías y sostuvieron una conversación para nosotros desconocida, pero de seguro memorable. Días más tarde, sobre un asno humilde y ajeno, entró triunfante, no solo a Jerusalén, sino también a Valparaíso, bajando por Santos Ossa hasta el plan, recorriendo la feria de la Avenida Argentina ante las miradas atónitas de los feriantes, hasta doblar hacia Pedro Montt, y allí fue recibido entre los vítores jubilosos de las multitudes porteñas, bajo la lluvia de una tosca challa improvisada con páginas de La Estrella, y todo acompasado por los bronces y cajas de la bizarra banda de la Armada de Chile.

En aquel gran aposento alto de Jerusalén celebró la pascua con sus discípulos, o tal vez lo hizo en aquella hacienda olvidada de San Agustín de Puñual, casi a la vista de Ninhue. Allí sacrificaron y comieron un inmaculado cordero magallánico. De manera simbólica, en ese lugar tomó, partió y repartió un pan sin levadura hecho con trigo segado en los campos de la herida Araucanía, y bebieron el vino de alguna nebulosa viña del Valle de Casablanca. Todo esto, no sin antes proferir aquella terrible y triste frase: “De cierto os digo, que uno de vosotros me va a entregar”. Sabía que aquella misma noche, poco antes de la cena, el traidor ya lo había vendido por treinta piezas de plata, y en el noble metal de esas monedas, de cierta manera incomprensible, brillaba bajo el destello de la luna la plata nostálgica de Chañarcillo.

Luego de aquella cena, se encaminó con todos menos uno hacia el monte de los olivos. Allí, en Getsemaní, triste hasta la muerte, oró y sudó grandes gotas de sangre entre olivos milenarios, pero también, entre paltos y chirimoyos en Los campos de La Cruz, a cuatro millas de Quillota. En ese mismo lugar fue arrestado y abandonado por sus amigos. Le condujeron sus captores hacia el juicio más injusto de la historia, que empezó en el patio del Sumo Sacerdote y terminó en aquella extraña sentencia en el pretorio, y también culminó en el neoclásico Palacio de los Tribunales de Justicia de Santiago. Fue sentenciado a muerte, no por algo malo que hubiese hecho, sino por quien decía ser, el hijo de Dios, haciéndose igual a Dios.

Sin haber hecho una sola maldad en el cielo o en la tierra, fue condenado a morir en aquel lugar llamado Gólgota, sepultado por los gritos que pedían: “Crucifícale, crucifícale”, gritos de aquellos mismos que días antes vociferaban: “¡Bendito el que viene en el nombre del Señor!”. Fue colgado en aquel madero por nosotros, y sabemos que como causa de su condena, en lugar de decir “Jesús Nazareno, Rey de los Judíos”, debió estar escrito cada uno de los pecados que hemos perpetrado contra el soberano Dios aquí, entre la cordillera y el mar. Peor aún, nosotros mismos debimos ser colgados y desangrados en su lugar. Pero en su cruz nos dio el más dulce perdón, y tendió un puente sobre el oscuro y frio abismo que nos separaba del creador.

Una vez que falleció, José de Arimatea ubicó su cuerpo en un sepulcro nuevo, labrado trabajosamente en la peña. Pero sabemos que en cierta forma fue sepultado en cada cementerio que existe a lo largo nuestra patria, y también en donde ponen sus finados cada una de las naciones de la tierra. Y desde aquella tumba sellada, pero también desde su propia creación, fue levantado de los muertos por el poder de Dios, dándonos vida por su resurrección.

Hace unos dos mil años el creador infinito y eterno entró en su creación tomando forma finita y temporal, y sabemos y creemos que de manera real se hizo tan humano como lo somos nosotros, al grado de solo poder vivir en aquel lugar que el mismo había preparado para nacer, vivir, morir y resucitar. Como hombre atrapado en la cárcel de la finitud fue crucificado en las afueras de Jerusalén, pero ese Jesús no era otro que Dios entrando al mundo, siendo colgado, no solo en el Gólgota, sino que también, en cierta manera, en cada espacio de su creación.

Manuel Quintana Riquelme

En construcción

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En los últimos años hemos visto como la cara de Viña del Mar ha ido cambiando drásticamente debido al surgimiento de cientos de edificios. No importa hacia donde se mire, por todas partes vemos como se elevan nuevas edificaciones. Naturalmente, toda obra de construcción genera ciertas molestias entre quienes viven o transitan en su entorno. Sería extraño poder permanecer indiferente ante el ingreso constante de camiones, descarga de materiales, ruidos molestos, polvo en el aire, etc. Lo que sí sería raro es que estas cosas no estuvieran, porque se asumen como parte del proceso de edificación. Y más peculiar resultaría el cuadro de alguien que se parase frente algún edificio que estén construyendo y lo criticara severamente por su aspecto, debido a que es una obviedad monumental que aún no está terminado.

En la vida de fe pasan cosas similares. En su carta a los creyentes filipenses, el apóstol Pablo les asegura que “el que comenzó tan buena obra en ustedes la irá perfeccionando hasta el día de Cristo Jesús”. Dios comenzó en ellos, y también en nosotros, la obra de irnos transformando a la imagen de Jesucristo. Pero si esta labor debe ser perfeccionada, es porque aún no ha sido terminada. Y somos conscientes de esto, no sólo por la realidad evidente de nuestras imperfecciones, sino también porque el mismo Pablo nos aclarara que esta obra durará “hasta el día de Cristo Jesús”, es decir, hasta su segunda venida o hasta que nosotros vayamos a él por medio de la muerte. Considerando esto, bien haríamos en pensar constantemente en que cada hijo de Dios, al igual que un edificio que se está levantando, está en proceso de construcción. Pensando así evitaremos criticar ácidamente y condenar a los demás cuando veamos en ellos cosas que nos desagradan.

Recordemos siempre que el mandato de Dios no es criticar, sino amar a personas llenas de imperfecciones, pecado y necesidades materiales y afectivas. En otras palabras, creyentes que están siendo perfeccionados, sin olvidar que nosotros mismos, al igual que ellos, estamos aún en proceso de construcción.

Manuel Quintana Riquelme

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